sábado, 21 de junio de 2014

OBITUARIO: "Fallece María González Alaminos" por José Antonio Hernández Guerrero

De manera apacible y serena, se nos ha ido la esposa, la madre, la abuela y la bisabuela María, una mujer buena que, con sus elocuentes silencios, nos ha mostrado su inagotable capacidad de escucha; con su exquisita delicadeza, nos ha dado pruebas convincentes de su ilimitada fortaleza, y, con su benévola comprensión, nos ha explicado el alcance trascendente de su efusiva generosidad.

Todos los que la hemos tratado sabemos muy bien que el hondo vacío que se produce con su desaparición física sólo puede ser atenuado con el recuerdo agradecido de los edificantes y de los estimulantes mensajes que, sin pretender dar lecciones, nos ha dictado con sus nobles actitudes. De ella hemos aprendido que el cauce más eficaz para explicar esos valores trascendentes que nos hacen más humanos es el comportamiento afable y coherente de las personas sencillas.
Cariñosa, amable y permanentemente atenta a todas nuestras necesidades, María poseía una sorprendente habilidad para administrar las palabras, las pausas y los silencios. Respetuosa, comprensiva y delicada, estaba dotada de una singular capacidad para acompañarnos. Era sorprendente su destreza para controlar sus reacciones, para administrar su opiniones y, sobre todo, para captar los síntomas que delataban las preocupaciones de todos los que la rodeaban. Y es que, aparentando despiste, ella observaba con atención y con interés cada expresión, cada gesto y cada palabra de los que tanto la queríamos.

Adornada de cualidades morales firmemente asentadas en profundas convicciones evangélicas, María, en las situaciones delicadas, siempre aportaba una notable dosis de esperanza. Modesta, tolerante y paciente, en todo momento mantuvo su dignidad y su intimidad intactas, y es que ella era consciente de que, con su vida, alimentaba la de su marido y nutría las de sus hijos, las de sus nietos y bisnietos y las de toda la familia. En la luz de su mirada, reflejaba el resplandor directo de los momentos de alegrías compartidas y de dolores superados, y su rostro transparente nos hablaba directamente de su satisfacción por la familia amplia y diversa que ella, con su elegante constancia, con su paciente discreción y con su cautivadora ternura, había logrado construir. Sencilla y digna, impulsada por una devoción familiar, cuidaba con exquisita delicadeza las palabras para teñir de cariño las tareas domésticas cotidianas y rutinarias, y para ganarle la jugada a cada día y a cada mes.

Su desaparición nos deja más solos y, aunque sabemos que ha vivido mucho y bien, su fallecimiento lo sentimos como una dolorosa amputación en nuestro propio organismo. En estos momentos, en los que evocamos escuetamente su cálida presencia entre nosotros, su figura se ensancha y se perfecciona su imagen. El recuerdo de su testimonio, impregnado de admiración y de gratitud, nos empuja para que, releyendo su reconfortante vida, comprendamos que el único sentido de esta existencia y el único contenido de la religión es el amor respetuoso, el amor agradecido y el amor generoso. ¡María! Muchas gracias. Te seguimos queriendo. Descansa en paz.
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***Enviado por José Antonio Hernández Guerrero, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y Director del Club de Letras de la Universidad de Cádiz, escritor y articulista.

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