lunes, 9 de febrero de 2015

"Aprender a leer y a escribir para aprender a pensar", José Antonio Hernández Guerrero

El pensamiento, esa actividad compleja del cerebro, exclusiva de los seres humanos, es el resultado y el reflejo de las demás actividades y, al mismo tiempo, el origen íntimo, la pauta luminosa y el impulso alentador que hacen posible vivir de una manera más racional, más gratificante y más humana.

El pensamiento refleja, interpreta, valora y comprende la naturaleza íntima y los mensajes que nos lanzan los objetos y los seres que nos rodean, nos hace conscientes de las características propias de nuestra personalidad y de la trayectoria vital que marcan los cambios permanentes e imprescindibles para nuestra supervivencia y para nuestro crecimiento, para nuestra salud y para nuestro bienestar.


La lectura y la escritura constituyen los procedimientos más eficaces –imprescindibles-, para hacer que funcione el pensamiento y para poder utilizarlo de manera práctica, cómoda y ventajosa. Gracias a la lectura y a la escritura, es posible retener, analizar, comparar, organizar, esquematizar, resumir, explicar y aplicar nuestros pensamientos. La lectura y la escritura facilitan los juicios, la reflexión, la crítica y la autocrítica y, en consecuencia, nos ayudan a extraer conclusiones valiosas y útiles para nuestra vida. 
   
El pensamiento, gracias a la lectura y a la escritura, identifica y aísla nuestras sensaciones y nuestras emociones, las controla y las aprovecha como fuentes saludables de bienestar hondo y de crecimiento personal y social.

Quizás sea excesivo que te incite para que, en tu tarjeta de visita, pongas el título de “intelectual”, como esos hombres que ejercen la profesión de pensar; pero sí me atrevo a animarte para que te decidas a pensar, una actividad que, en la actualidad muchos monopolizan de una manera peligrosa. Esta etiqueta de “pensador” no exige ser refrendada por una autoridad universitaria ni siquiera por unos trámites burocráticos pero, en mi opinión, es un título que posee mayor valor que los académicos porque exige que estemos en posesión de una serie de cualidades más valiosas que las que se adquieren mediante los estudios oficiales y que, además, dominemos unas destrezas más difíciles de lograr que las que se obtienen con el ejercicio de una profesión. Estoy convencido, sin embargo, de que los hombres y las mujeres de a pie -los que nos dedicamos a otros menesteres más prosaicos- deberíamos hacer un esfuerzo por, al menos, pensar por nuestra cuenta.

Sin restar importancia al dominio de la caligrafía, de la ortografía y de la gramática, y valorando positivamente la capacidad de escribir artículos o de pronunciar discursos, opino que lo más valioso es estar dotados de una mirada aguda que identifique aquellos aspectos vitales que, a pesar de ser importantes, muchas veces permanecen a la sombra para la mayoría de los mortales.

Por eso hemos de aprender no sólo a contar simplemente lo que ocurre sino, además, a arrancar y a analizar las entrañas de los sucesos.
De la misma manera que reconocemos que, sin dominar la Métrica y sin ser capaces de construir sonetos perfectamente medidos, los que poseen la “gracia” que es suficiente para extraer armoniosas resonancias acústicas a los sonidos y para sintonizar con los sentimientos más sutiles de los lectores sensibles pueden llegar a ser poetas, las demás personas podríamos ejercitarnos para, además de afinar el oído, educar el olfato, el tacto, el gusto y, sobre todo, la vista, intentar traspasar las apariencias engañosas de los objetos y de los sucesos.           

Hemos de evitar, sin embargo, caer en ese autoengaño tan frecuente de los que se creen “todólogos”. ¿No te llama la atención, por ejemplo, la osadía de esos tertulianos que, con tono dogmático, nos aleccionan permanentemente sobre todos los asuntos divinos y humanos? Fíjate con la “prepotencia” con la que, durante una hora, opinan sobre ecología marina o sobre la guerra de Siria, sobre la crisis económica y financiera, sobre el arte o el deporte, y, por supuesto, sobre religión.

Pero, en mi opinión, la carencia más grave de muchos de estos conversadores es su falta de independencia. ¿No es cierto que tú conoces de antemano el juicio que van a efectuar sobre cualquiera de los asuntos que abordan? Por eso, en vez de analizar los hechos de una manera serena, gritan desaforadamente para atacar las tesis contrarias a las que representa su cadena de emisoras y para defender las que encarnan sus patrocinadores. Pero también es verdad que nosotros, los oyentes, solemos sintonizar aquellas emisoras cuyos locutores traducen nuestras más profundas convicciones y, a veces, nuestras más ancestrales creencias. No estaría mal que, al menos de vez en cuando, cambiáramos de dial para, tras escuchar diversas u opuestas interpretaciones de un mismo episodio, nos atreviéramos a pensar libremente por nuestra cuenta y a extraer las conclusiones personales. Este ejercicio crítico, que todos tenemos el derecho e incluso la obligación de practicar, contribuiría a lograr esa sociedad más justa en la que los poderosos no nos dominen con tanta impunidad.  

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