domingo, 4 de septiembre de 2016

"Equilibrio", por José Antonio Hernández Guerrero

Los seres humanos somos paradójicos e incoherentes. No sólo por la contradicción que enfrenta nuestras ideas, nuestras palabras y nuestros comportamientos sino, también, por la permanente ambigüedad y por la, a veces, disparatada incongruencia de muchos de nuestros pensamientos, emociones, deseos, temores y sensaciones. Nuestro equilibrio –físico, psíquico y moral- es el resultado de las contradictorias fuerzas que nos empujan hacia fuera y hacia adentro, hacia arriba y hacia abajo, hacia el pasado y hacia el futuro, hacia nosotros mismos y hacia los demás. 


La salud, el bienestar, la lucidez e, incluso, la bondad, consisten, sobre todo, en una adecuada combinación de presiones opuestas, de impulsos y de resistencias, de deseos y de temores, de afirmaciones y de negaciones: es una cuestión de dosis y de proporción. ¿Recuerdan cuando nos decían que la virtud estaba en el medio?

Fijaos, amigos, cómo la avidez de realidad coexiste en nosotros con el impulso a la huida de la realidad. Si nos situamos en el ámbito de la Historia de la Filosofía, podremos comprobar que existen ciertas formas de pensamiento y de comportamiento caracterizadas por un notable “gusto” por la realidad y otras que se definen por un singular "asco" a la realidad. El gran innovador Parménides de Elea  (530 a. C. y el 515 a. C) a quien Platón denominó “El grande”, habla de las dos vías; a la primera la llama el camino de la sensibilidad (aísthesis) y a la segunda, la senda del pensamiento (nous).

Las formas extremas serían el amor a la materia de los atomistas y el odio a la materia de los neoplatónicos. Los teóricos repiten esta misma oposición cuando dividen la Literatura Universal en dos grandes categorías: la de los platónicos o idealistas – que, como los trovadores, Ariosto, Shakespeare, Yeats y Mallarmé cantan la idea  o la esencia de ese objeto - y la de los aristotélicos o realistas. – que, como Galdós, Zola o Pardo Bazán,  pintan con detalle el dato sensible e, incluso, la realidad cotidiana y vulgar. La  experiencia personal de cada uno de nosotros nos dice que todos –también tú y yo, que presumimos de coherentes- estamos partidos en dos, divididos por fuerzas que nos tiran a uno y a otro lado. Como todos sabemos, en El Quijote  podemos contemplar los detalles de los dos modelos antagónicos: el idealista que aspira a un ideal de gloria y honor, y el contrapunto  del realista que se contenta con interpretar las cosas y las acciones con las claves que le proporcionan sus sentidos, sus emociones y sus experiencias personales.

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